La x en la frente

  • Moisés Molina

Esta semana no hubo LA X EN LA FRENTE.

 A cambio les dejo este texto que escribí en el funeral de Griselda Lorenzana. La última vez que la vi (como la mayoría de las últimas veces que uno ve a una persona antes de morir) el último pensamiento que habría pasado por mi mente tendría que ver con la muerte.

Intercambiamos miradas y un tímido saludo en el patio central del palacio de gobierno. Quién hubiera pensado que ese sería el último saludo y que no sabría yo qué hacer con un saco de palabras que nunca intercambiamos.

A Griselda Lorenzana le vi unas pocas veces. Pero ¿por qué no escribirle algo? No es menester convivir a diario con una mujer para conocer su temple. De Griselda solo conocí su faceta política. Sé que fue empresaria y, desde luego, madre de familia. Se entregó como pocas al PRI. Creo que quiso como pocas al PRI. Ella gritó por el PRI, lloró por el PRI, sangró por el PRI y hoy murió (creo) muy cerca de las oficinas del PRI y entre priistas.

Particularmente recuerdo esas fotos de Griselda ensangretada en la fuente de las 8 regiones, con banderín en mano y enfundada en la playera de su partido (en aquel entonces nuestro partido).

Griselda fue golpeada por ser congruente y por defender sin cortapisas lo que [email protected] siguen prefiriendo disimular.

A Griselda [email protected] la tachaban de loca; me consta. Su peculiar forma de ser era su más elocuente manifestación de sinceridad y congruencia.

Aquí en su funeral debíamos darnos cuenta -políticos encumbrados y ciudadanos de a pié- que somos los mismo. "No somos en el universo más que una caña" escribió Pascal. Un segundo somos insignificantes y al siguiente somos el centro de atención porque nos morimos.

Aquí hay mucha gente haciendo política. Probablemente yo mismo esté incurriendo en ello. Una verdad innegable es la de Buda: "El tiempo pasa pero la vida perdura", enseñaba. Por eso creo que la mejor manera de honrar la memoria de los muertos es conservando de sus vidas al menos una enseñanza y la de Griselda fue la congruencia.

"Las naciones deben más sus energías a los muertos que a los vivos" dijo Urueta en referencia a Juárez en 1901, y es una verdad que hoy y aquí patentizamos.

Siempre me predispuse con Griselda. Tengo que decírselo desde la domesticidad de este espacio. Siempre sentí que no era yo de su completo agrado. Nunca tuve una conversación en forma con ella; ni siquiera cuando éramos correligionarios. Pero siempre la respeté. Antes que nada, por ser mujer y después por esa congruencia a veces escandalosa.

Sus hijas deben estar orgullosas. Griselda es la embajadora de lo que ha sido la necesidad de las mujeres en la política oaxaqueña; la necesidad de gritar, de mentar madres, de encarar, de patear puertas cuando se tiene la digna certeza de que tocarlas no sirve de nada.

[email protected] pensarán que a partir de ahora estarán más [email protected] sin Griselda. Sospecho que están en el error. Griselda está llamada a ser, a través de quienes siguen con ella, de quienes no la dejarán morir, una cicatriz de fuego en la conciencia, como quería Carlos Pellicer.

"Los hombres no mueren mientras viven en las mentes de otros hombres", dijo el César; "Las mujeres no mueren mientras viven en las mentes de otras mujeres", se debe decir ahora.

Griselda descansará en paz, mientras tenga certeza de que los portadores de injusticias y exclusiones no descansan en paz.

Que en paz descanse, entonces, Griselda Lorenzana

Respetuosamente

Moisés Molina